Tercer Arquero: crónica de un Superclásico argentino

Crónica de uno de los partidos más espectaculares del mundo del fútbol, el Superclásico de Argentina entre River y Boca. Así se vive al estilo del Tercer Arquero.

7 Sep 2020 19:17Por: Deportes.canalrcn.com

Bajo la lupa de este humilde relator, debo reconocer, estimado lector, que existen dos países —o territorios—, que todo futbolero debe recorrer, o bueno, por lo menos conocer.

A principios del siglo XIX, buques británicos arribaron por el rio de la Plata a los puertos de Buenos Aires trayendo consigo básicamente dos cosas a Suramérica: el ferrocarril y el fútbol.

Aquellas familias inglesas y escocesas fundaron colonias en torno a la construcción de líneas férreas cómo fuente de trabajo y un balón de cuero cómo pasaporte a su única distracción. 

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Para el sur del continente desde entonces, este juego ha trascendido los límites lógicos del deporte. Se encuentra tan arraigado a su identidad en un tatuaje indeleble en su folclor, indiferente al color de piel o camiseta, como en muy pocos lugares, con manchas por la violencia por su pasión desbordada, pero que, sin duda, conforma en gran medida el imaginario del planeta sobre el río de la Plata.  

Como herencia directa del futbol británico, cada club tiene como cuna un barrio, un sector de ciudad, que convierte cada estadio —o cancha—, en una iglesia con sus respectivos feligreses y correspondientes santos, traducido a una religión en su sentido más amplio.

Aquella fusión de culturas y continentes en este lugar, desencadenó una explosiva reacción, fenómeno comprobado cuando vi jugar a River Plate y Boca Juniors en el estadio Monumental.

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Desde que aterricé en Ezeiza en mitad del otoño en el hemisferio sur, la fe por la pelota es visible en cualquier calle o esquina, que plagada de profetas, rezan y predican como un mantra, en cada una de las jornadas del futbol argentino, su adicción a esta religión, en todo el sentido de la palabra. 

El primer y más sabio evangelizador que me topé en esta peregrinación, fue el conductor del remis —taxi—, que al notar mi acento y después de recitarme de memoria la alineación de las dos escuadras, en un tono similar al del Papa Francisco, me advirtió: “tenés todo perfecto para que vayás caminando y llegués a la cancha, pero siempre andáte con cuidado, llegá temprano, hay mucho pelotudo en la calle”. Siempre, la mejor forma de conocer un lugar, es por medio de un taxista y relatarle el motivo de la visita: orientación fiel y garantizada.

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El estadio Monumental está empotrado en el norte de Buenos Aires, en el barrio de Belgrano, muy cerca de la zona portuaria, en terrenos que antiguamente formaban la costa del Río de la Plata y a través de los años fueron ganando territorio al mar.

Mi lugar de residencia pasajera era en Palermo, vecindario colindante al sur con Belgrano, conglomerado urbano fundamentalmente residencial y de esparcimiento, poseedor de una oferta importante de bares y restaurantes —lugar recomendado sí el objetivo de visita es conocer la vida sibarita bonaerense—. Gran parte de su extensión está ocupada por los denominados Bosques de Palermo, que incluyen una sumatoria de varios parques y espacios verdes, que, revisando mi rutina para el día del clásico, harían parte de mi trayecto hacia el estadio Antonio Vespucio Liberti, nombre adquirido por el escenario en honor al presidente de River en el momento de su construcción, por allá en 1938.

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Después de comer un choripán callejero —donde su calidad es proporcional a la cantidad de carbón y grasa que tengan las manos de su vendedor—, en Plaza Italia, corazón del barrio, decidí realizar la travesía a pie, pues tenía el tiempo suficiente y sin duda es la mejor manera de conectarse con cualquier ciudad.

A buen paso, crucé los bosques e hipódromo de Palermo, para conectar con la Avenida del Libertador, que de acuerdo a Google maps, y después de muchas cuadras caminadas, me pondría de frente a mi objetivo.

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Podía percibir en el aire la electricidad del clásico más fervoroso de Suramérica a medida que me acercaba. Ver carros y micros —buses— de hinchas asomados con medio cuerpo por las ventanas cantando, me hacían sentir parte de esa fiesta.

Distraído en las entrañas de Belgrano, continúe por inercia mi camino, desviándome así ligeramente del trayecto más corto, desembocando en Núñez, el barrio más al norte de la Ciudad Autónoma —caso urbano— antes de la Provincia de Buenos Aires —conurbación de barrios de la periferia—, colindando con Belgrano, muy cercano al Monumental de River.

Similar a Chamartín —barrio contenedor del Santiago Bernabéu en Madrid—, Núñez es uno de los sitios más exclusivos, conformado por unidades residenciales de uno o dos pisos, aisladas entre sí, generando una confortable comunidad de acomodados propietarios, que contrasta mágica y pacíficamente con el imaginario de la cercanía a un estadio de fútbol en Latinoamérica, donde supone una calle propensa a grafitis, ventas ambulantes y gente apasionada enceguecida por una camiseta gritándose unos a otros. No, aquí no. Increíblemente, es una burbuja distinguida, que, en determinadas esquinas deja ver al Monumental de Núñez —sin pertenecer realmente al barrio—, y sin el más mínimo de recelo.

Retomé ansioso mi destino próximo a la hora del partido. Ingresando de nuevo a Belgrano por la Avenida Guillermo Udaondo y me tropecé frente a un río infernal de enardecidos humanos que caminando besaban su escudo, cargando bombos mientras cantaban arengas propias de una batalla. No había posibilidad de desviarme —y tampoco lo quería—, estaba inmerso sin planearlo en el corazón de “Los Borrachos del tablón”, la barra más popular de River Plate, que al unísono querían acabar con todas las generaciones de Boca Juniors y yo, en ese momento también.  

Caminé orgulloso, cómo gladiador entrando al Coliseo, saludando al César y dispuesto a pelear contra cualquier fiera. La anestesia transmitida por esa orda de enceguecidos feligreses, me hacía confirmar que, en este hermoso juego, el resultado final muchas veces es la consecuencia de lo que sucede antes:  en la previa de un clásico siempre se juega un partido aparte y también desde ahí, se ganan o se pierden los partidos.  

Una vez superados los respectivos controles de seguridad, me alejé de mis compinches y fui a parar a la tribuna Belgrano —lo equivalente a occidental en El Campín—. Busqué mi butaca imaginando que la emoción sentida no sería la misma desde aquella tribuna.

Nada más alejado de la realidad.

El futbol en Argentina y, sobre todo, en el super clásico a la rivera del Río de la Plata, una enfermedad con forma de pelota, traspasa los limites racionales de cualquier comportamiento sensato.

Ese día confirmé, como lo hice aquella tarde de 1.988 en El Campín, acompañado de la mano de mi papá y mi tío, que el fútbol, como dirían las sagradas escrituras, no es una cosa de vida o muerte, sino es mucho más que eso.

POR: Carlos Andrés Jiménez Silva - cajimesil@gmail.com -  @CarlosAWay