Tercer Arquero: Un amor no correspondido

Tercer Arquero, estamos pero no jugamos.

Tercer Arquero, estamos pero no jugamos.

Al final y con cabeza fría, corroborando el sentido de las pasiones, recapacito, reconociendo que no es lo que los jugadores y el virus han hecho con el fútbol.

11 Feb 2021 14:38Por: Deportes.canalrcn.com

A la luz sesgada y poco imparcial del hincha de fútbol, sumado al antecedente no menor de vivir en tiempos convulsionados por un virus que impide la necesaria distracción de fanáticos, enfermos por un juego, concluí que no puede existir algo más aburrido, desolador, pero sobre todo ingrato, que ver un partido de fútbol por televisión sin público, y peor aún, no poder verlo en vivo, que es en esencia la verdad, la realidad definitiva.

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De acuerdo, el virus nos devolvió después de un tiempo el juego: el 4-4-2 que se convierte sin pelota en un 5-3-2 y que, en fase ofensiva con transiciones rápidas termina en un 3-4-3. Si, que bien, tenemos la táctica y la técnica, pero el espectáculo es huérfano: ha perdido el aura y la electricidad en su atmósfera, es otro su entorno, quizás ya no vuelva a ver el mismo. 

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Y es que los números confirman una premisa hasta ahora impensada, razón por la cual, esta reflexión que comparto con Usted estimado lector, hizo temblar los cimientos de muchos años de adicción. 

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Según estadísticas proporcionadas por reconocidos medios locales y extranjeros, resulta ahora que la localía, el poder otorgado siempre a la presión ejercida por los hinchas, la tribuna y su cancha, ya no es tan definitiva o importante cómo se creía (durante la pandemia). 

Porcentualmente, durante el 2019 (antes de la pandemia), los equipos locales ganaron el 43 % de los triunfos, frente al 44% obtenido por ellos mismos sin gente en la gradería

Es decir, todo ese sentimiento traducido en tiempo y plata asistiendo a un estadio ¿ha sido en vano?; o sea que cada vez que se levantó la camiseta y besó el escudo ese jugador, ¿ha sido una patética simulación de afecto?

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Cualquier cristiano ajeno a esta religión pensaría que sí, que ha sido una pérdida económico-temporal; mi mamá, por ejemplo. ¿Cómo así? O sea que estos tipos —nosotros, los hinchas— lo han sacrificado todo por décadas, ¿para nada?, repetiría y se reiría ella si llegara a saber de semejante descubrimiento. Triste, ¿no?

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La asistencia al estadio es importante para terceros, más no para sus aparentes protagonistas (jugadores y equipos) y por factores netamente económicos: la taquilla para los clubes e impuestos para el estado, además del comercio local que desprende; pero lo atribuible al hincha (de los que van al estadio, los reales), como el aliento, los gritos y las bengalas, no ha sido representativo en un mejor desempeño de las escuadras en su territorio; sí, claro, le da color y vida al espectáculo pero a partir de tal estadística pura, el público no interfiere en el resultado netamente deportivo. 

Esa desabrida estadística fracturó sin ningún tipo de anestesia las bases de aquella pasión desmedida.  

Nuestra cabeza ahora invadida por frustraciones pandémicas, donde las decisiones científico-políticas lograron que ese hermoso hábito personal e intransferible, fuera suprimido sin más ni más.

Nos importa muy poco su salud mental, esparcimiento y libre desarrollo; con esta situación, se acabó su vagabundería.

 Pareciera que recitara nuestra existencia de la mano con el destino. Nada que hacer frente a ello.

Tal visión desconocida hasta ahora de tal realidad deportiva, agudizó el cuestionamiento muchas veces justo al jugador de fútbol y a su oficio, a su asombrosa capacidad de olvidar, a vestirse de ídolo o disfrazarse de un tronco-villano en una jugada, sin importar la instancia, siendo indiferente al sufrimiento, dolor y presencia o no del fanático en la cancha; mercenarios. 

¿Cómo así que a estos tipos no les afecta en su rendimiento la presencia o no de gente en la gradería? ¿Les da igual ser insultados o vitoreados? ¿Tan poco representamos los fanáticos realmente para ellos y el juego? Ese famoso jugador número 12 que ofrece la localía, que me lo envuelvan, concluí; a estos —los futbolistas— no les hace falta, pero a diferencia de ellos, no puedo decir lo mismo.

El frío de los estadios se traduce en corazones rotos, en una frustrante supervivencia sobre todo los fines de semana por un amor no correspondido. 

Si, en algún momento volveremos los feligreses de siempre y resucitarán las actividades paralelas al espectáculo; pero en este tiempo, conviviendo con un bicho malévolo, mi confirmación es que la adicción por verlos correr con un escudo en el pecho, es sólo de nosotros, a nadie más le importa y por lo visto, a nadie más afecta. 

Al final y con cabeza fría, corroborando el sentido de las pasiones, recapacito, reconociendo que no es lo que los jugadores y el virus han hecho con el fútbol, sino lo que han hecho ellos y el fútbol con nosotros.

POR: Carlos Andrés Jiménez Silva - cajimesil@gmail.com -  @CarlosAWay

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