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Las cábalas en el fútbol no son un invento

Las historia de una cita inesperada que se convirtió en costumbre y en cábala para que a su equipo se le dieran los resultados en la cancha. ¿Cuál es tu cábala?

27 May 2020 14:04Por: Deportes.canalrcn.com

Nunca se imaginó que aquel día, quizás sería, el más importante de su vida. 

La sequía le había sido tan larga, que no conocía la victoria. No ganaba nada, por capacidad o por destino del azar y así sucedía con su pasión, la que era al final su principal entretención y que se convertía en una triste pero noble condena.

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El triunfo nunca le había mostrado su cara, dicha sensación de júbilo le era desconocida, cómo la otra cara de la luna, un fenómeno completamente ajeno a su conciencia. Pero éste no era su único dilema. Sus escasos triunfos en las artes amatorias y sentimentales, no eran proporcionales a las expectativas de la mayoría de hombres por aquellos años. Sólo contemplaba al resto de sus amigos y conocidos encontrar esa dicha placentera pero muy pasajera, mientras tanto, él observaba y de paso aprendía de lo que seguro no quería.   

Ese día, con los hábitos previos —los mismos de los últimos 20 años—, planeó con tiempo suficiente su llegada al lugar de siempre; pero en ese amanecer había algo diferente, lo sintió en el ambiente y con cada paso que daba, ubicando la mejor ruta para llegar a tiempo esa noche; pero claro, un factor para tener siempre en cuenta es el tráfico bogotano y más en un día laboral a las 7.30 de la noche, hora de inicio del esperado partido.

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A medida que se acercaba, el sudor en sus manos iba progresando, esa noche era especial, era la posibilidad de poder gritarle a sus amigos y enemigos por fin, que era el mejor, era el momento de su desquite con la vida, no había más chances.  Contaba con el tiempo justo pero seguro para llegar a la hora de inicio del cotejo, sin embargo, sus colegas, sus compinches de cruzadas, los mismos de toda la vida —los mismos de los últimos 20 años—, por azares inexplicables del universo cancelaban su asistencia una hora antes; uno, por acompañar a su novia —la misma que nunca lo ha querido— al velorio de un familiar y el otro, porque a la divina providencia se le ocurrió contagiarlo con un virus que lo confinó por un tiempo hasta ahora indefinido. Los mismos que habían asistido al partido con el colero infinidad de veces, ahora, al más trascendental de sus vidas, la vida misma se los negaba.    

Huérfano, deambuló por los pasillos congestionados del escenario, buscando el vomitorio correspondiente para ubicarse en su silla, la de siempre. Avanzó algunos metros cuando dentro de un tumulto de personas aparece una que lo reconoció a lo lejos y empezaba a hacerle señas.

—¡Quiubo! ¿qué boleta tiene? —le grita efusivo Daniel, un viejo amigo del colegio mientras se acercaba entre el tumulto.

—En occidental general, en el segundo piso —le respondió éste emocionado, viendo además que lo acompañaba un grupo pequeño de gente que compartían fervorosamente la misma enfermedad.

—¡Estamos en la misma tribuna!, venga con nosotros, está sólo ¿no? —le insistió Daniel—, sugerencia que aceptó después de pensarlo algunos segundos, ya que su ubicación por experiencia era mejor a la ofrecida, pero se imaginó que sería mejor celebrar o llorar acompañado.

Daniel y su “combo”, estaba compuesto por dos hombres y una mujer, todos ellos compañeros de oficina. Un integrante de ese grupo había fallado también a la histórica cita, entonces, de manera desprevenida, él ocupó la butaca al lado de la de ella. De entrada, la mujer sentada justo al lado suyo, que hacía parte del animado grupo de su amigo, le gustó —la primera impresión siempre es la que cuenta—, además esbozando sesgados rasgos de ser una “futbolera”, cuestión que de entrada fue un imán y confirmó, creo, una atracción mutua.

Después de luchar contra un 0-1 en contra,  con un gol de camerino del visitante, anotar el 2-1 al minuto 89, con un golazo del ídolo argentino, al ángulo del palo derecho, para voltear así el partido e igualar la serie y esperar una demencial tanda de penaltis, llevaba a pensar que, de manera mágica, la presencia y energía de aquella fémina unida a la de él, habría ocasionado la conjunción de astros generando ese milagroso marcador. Luego de 15 eternos minutos y 10 sufridos cobros, por fin pudo mirar al destino a los ojos y decirle que era campeón.

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Esa noche celebró cómo si no hubiera mañana y no tuviera que volver a trabajar ni madrugar nunca más en su vida. Su escuadra, le acababa de consignar un cheque al portador para jubilarlo tranquilo, sin rencores con su existencia.  

Se abrazó entre sollozos con amigos y desconocidos, en una esquina de un concurrido parque al norte de la ciudad, lugar donde habitualmente se reunían los otros ganadores provenientes del estadio. La emoción de la victoria mezclada con el alcohol y comida callejera, afianzaban los lazos de una atracción reciente pero franca, que surgía entre un desaforado hincha y una apasionada seguidora, desconocidos hasta esa noche y reunidos por el azar y mérito de ver en vivo un partido de fútbol.  

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Entradas las primeras horas de la madrugada, después de conocer la gloria, prometieron verse para un próximo partido. Intercambiaron datos torpemente producto de los excesos de la noche y cada uno, reconfortado siguió su camino. Después de múltiples intentos fallidos —realmente esperando a que ella terminara con el novio de ese momento—, y sin haberlo planeado, se tropezaron cara a cara un año después en la misma tribuna.

Desde aquel día y hasta la fecha, se acostumbró a ganar, librándose así de una insospechada “sal” que lo carcomía desde hacía tiempo, pero, ante todo, descubrió un amuleto, encontró una cábala con la que comparte desde entonces su mejor vida, la misma que muchas veces va con él al estadio y en otras, que lo espera en casa porque el día está lluvioso y hace mucho frío.

POR: Carlos Andrés Jiménez Silva - cajimesil@gmail.com -  @CarlosAWay

 

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