La magia del demolido estadio Vicente Calderón

Tercer Arquero

Tercer Arquero

El Vicente Calderón, estaba enclavado hacia el sur de Madrid, al borde del río manzanares que atraviesa la capital de norte a sur, implantado en un sector popular, tradicional y bastante diferente a Chamartín, por ejemplo, barrio del estadio Santiago Bernabéu donde se respira otro aroma.

16 Jul 2020 12:15Por: Deportes.canalrcn.com

El principal motivo que tuve para estudiar arquitectura —tal como lo mencioné en el primer post—, fue la oportunidad de adquirir conocimiento a partir de la historia y en mi caso, analizar la transformación de las ciudades y edificios en el transcurso del tiempo.

Cuando dicho fenómeno de modificar el contexto aparece en determinado punto, el lugar adquiere una jerarquía que impregna de misticismo el espacio y es perceptible incluso con el olfato; esto mismo lo percibí el día que conocí el Vicente Calderón, que hasta el 2017 fue la casa del Atlético de Madrid.

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Tal día y por primera vez en mi vida conocía la mixtura exquisita que resulta de tener dos ingredientes explosivos: historia y futbol que mi nariz lo respiraba como nunca antes. Música para los oídos.

Por aquellos años —mediados de los 90—, el Atlético de Madrid, no vivía sus mejores años, todo lo contrario, la zona de descenso lo miraba muy de cerca y mucho menos tenía forma de mirar a los ojos a un Real Madrid que tenía las figuras de la liga— Michael Laudrup al lado de Fernando Redondo— y el goleador, un tal Raúl, que debutaba en primera división.

Jesús Gil y Gil, el entonces presidente del club “colchonero” —apodo otorgado al equipo de Madrid por una antigua fábrica de colchones aledaña—, decide apostar por el talento de dos colombianos muy destacados en el momento: el de Francisco Maturana como Director Técnico y el del ariete colombiano proveniente del Bayern Múnich, Adolfo “El Tren” Valencia. ¿Qué podría salir mal con ese equipazo? reflexionaba yo constantemente como profeta en tierra ajena previo al debut de la dupla nacional.  

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“Tenemos boletas para el partido de mañana del Tren”, me dijo mi papá con júbilo la noche anterior, mientras revisaba el “callejero” o plano de la ciudad para conocer la ruta del taxista y no dejarnos robar según él por ser extranjeros.

El taxista tomó al siguiente día de ese verano de 1994 la ruta hacia la casa del Atlético.

El Vicente Calderón, estaba enclavado —ya fue demolido—, hacia el sur de Madrid, al borde del río manzanares que atraviesa la capital de norte a sur, implantado en un sector popular, tradicional y bastante diferente a Chamartín, por ejemplo, barrio del estadio Santiago Bernabéu donde se respira otro aroma—tema de una próxima entrada—.  La M-30 es la autopista que rodea la capital española y que desembocaba en la cancha rojiblanca a través de un deprimido vehicular que recorría la totalidad de la tribuna de occidental, haciendo de la escena una obra de ingeniería admirable.

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Nos detuvimos unas cuantas cuadras después y caminamos por medio del barrio de Imperial.

Todo el entorno era plagado de bares y cafeterías de tapas. La bufanda del “Aleti” se veía pegada en la mayoría de los mostradores ocupados por una generación de personas que pareciera que ya vivieron sus mejores años, pero con el brillo intacto de sus ojos, los del hincha que no pierden la fe a pesar del tiempo. Todo olía a una rara mezcla de tabaco, grasa y fútbol, que para el paladar de un futbolero es algo cercano al paraíso.

Como se esperaba, “El Tren” saldría en la plantilla titular, haciendo dupla con “Kiko”, estelar puntero de la selección española de aquella época. El partido era contra el Valencia —cómo ironía del destino—, equipo bastante competitivo que peleaba la punta con el Barcelona y que contaba en sus filas con estelares de talla mundial: Andoni Zubizarreta, el legendario portero vasco, Mazinho, volante de la selección brasileña, Mijatovic, tremendo delantero montenegrino que al siguiente año ganaría la copa de campeones de Europa con el Real Madrid, en conclusión, era un combo importante, un equipazo.

Salieron a la cancha los equipos. “Forza Aleti ae ae ae ae ae Forza Aleti ae oooo” cantaba el “Frente Atlético”, su barra más radical ubicada detrás del arco sur.  Era la primera vez que sentía retumbar un estadio al canto unísono de varios miles. En el “colchonero”, un morocho de 1,82 metros de estatura y ojos desubicados, era objetivo de las cámaras y fotos. “Soy un profesional y estoy listo para jugar cuando el profe lo decida”, fue la respuesta que había dado el colombiano hacía 48 horas recién aterrizaba en Barajas proveniente de Múnich. En el club madrileño no había tiempo para compases de espera o acoplamientos. Gil y Gil a la respuesta del jugador en el aeropuerto, respondía ese día del partido: “Si el negro no mete goles lo descabezamos”.

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José Luis Pérez Caminero, ídolo rojiblanco y de la selección española, pidió el balón en la mitad de la cancha, transcurrían apenas 5 minutos de juego cuando por la banda gambetea dos rivales y tiraba un centro templado con curva al centro del área. El “grone” se levantó como un resorte en el punto penalti y con el parietal derecho mete un cabezazo que pega en el horizontal y de “pica barra” sale a la línea final. “Uhhhhhhhhhhh” gritó la muchedumbre impresionada con la técnica, la versatilidad, la fuerza del portentoso delantero. “La va a romper ese negro” le oí decir a mi vecino de tribuna. Habían pasado 5 minutos y el Tren ya descrestaba en Madrid.  

No la volvió a tocar.

Después de semejante destello de calidad, el oriundo de Buenaventura, quedó nublado, deambulando en la cancha, como si aquella repentina jugada le hubiera bloqueado las piernas.

No sé sí fue mi sensación, pero sus compañeros tampoco lo ayudaron mucho y con cierta razón: en el segundo tiempo, “pase de la muerte” en plena área chica hacia Valencia —el Tren— y en una definición tan pobre pero potente que por poco termina la pelota en el Manzanares. Comenzaban a oírse algunos pitos desde la tribuna.

Al final del juego, con un resultado en contra abultado (2-4) y la presión de miles de hinchas que lo señalaban —no se si por no tener un buen debut o por ser de raza negra—, el estreno soñado del dúo suramericano era nefasto. Bueno, el resto de la historia todos la sabemos, sin embargo, esa noche de regreso a casa— y durante los siguientes semanas, meses y años—, mi mente repetía cada una de las sensaciones de aquella tarde, confirmando que el fútbol huele siempre a victoria así se encuentre algunas veces con la derrota en la cancha y mucho más si es por fuera.

POR: Carlos Andrés Jiménez Silva - cajimesil@gmail.com -  @CarlosAWay

 

 

 

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