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Tercer Arquero

Tercer Arquero

Una historia de lo que genera la falta del fútbol

Amnesia. Nada parece tener sentido, de repente y de la nada, un monstruo invisible me roba el combustible para hacer de la existencia un camino más llevadero. Me siento confundido. Tercer Arquero, estamos pero no jugamos.

8 Abr 2020 11:50Por: Deportes.canalrcn.com

Me levanto de la cama y como de costumbre, camino al sofá donde cada mañana del fin de semana,  la vida recobra esperanza; es domingo,  ya próximos al inicio del match of the day  de la liga premier de Inglaterra. Tomo el control y no pasa nada. Una competición repetida de automovilismo de hace cinco años es lo que veo en su reemplazo. Con la ansiedad empezando a florecer, busco en la guía de la señal por cable cuál es el horario del partido, pero no hay rastro, ni el menor asomo de fútbol  y  lo que veo mientras compulsivamente hago zapping, es la antítesis de lo que necesito en este momento.

Habla una mujer desde el fondo de la habitación y sin mediar cuestionamiento me ordena regresar a la cama porque es muy temprano, “además no hay nada que ver”, con tono de réplica. Paso canales sin reparar en su contenido, únicamente quiero ver un fondo verde, con una pelota rodar y unos tipos detrás, pero no hay nada, sólo hay noticias, informes y documentales de un maldito bicho.

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—A esta hora se juega fútbol en todo el mundo. ¿Pero qué pasa? —con desasosiego le reclamo al techo del apartamento.

—Recuerda en lo que caíste, tienes que acostumbrarte a vivir sin ello—me responde la misma voz firme y fría desde el fondo.

Hago caso omiso a la respuesta absurda que recibo. Decido entonces ir a la ducha para estar listo al medio dia; hoy se juega un partido clave en la lucha por el titulo y vendrán pronto a recogerme.

—¿A dónde vas? ¡Si no puedes salir! —me recalca el mismo sonsonete desde adentro justo cuando me estoy estoy poniendo mi casaca futbolera de la suerte—. Las instrucciones fueron claras. No hay más de eso. La cocina está un desastre, mejor encárgate y de paso saca la basura. En eso quedamos.

Nada parece tener sentido, de repente y de la nada, un monstruo invisible me roba el combustible para hacer de la existencia un camino más llevadero. Me siento confundido. ¿Quién me ha estado hablando en toda la mañana? ¿Por qué carajos no han empezado a transmitir la Premier League? Y para completar ¿no puedo salir e ir a fútbol? —esto último con un grito desbordado de cólera.

Pues resulta que, sin ningún tipo de anestesia, un fulano que nadie conoce, me lleva a padecer, de otro flagelo aún más doloroso que los anteriores: no recordar nada.

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Empiezo a transpirar y siento como mi pulso se agita. Voy por un vaso con agua y en medio de tribulaciones comienzo a entender la gravedad de lo que ocurre: Sin fútbol, perdiendo la libertad y la memoria. Tres problemas lanzados por un ser extraño de un momento a otro, mezclados en un coctel elaborado para no sobrevivir.

Despues de unos segundos sentado en el sofá con la mente nublada, decido replegarme para planear alguna estrategia de supervivencia.

Veo una billetera sobre la mesa del salón, justo al lado del sofá, debe ser la mía. Veo los documentos y nada coincide con lo poco que logro recordar, pero contiene el suficiente efectivo como para planear un viaje a algún lugar y ver fútbol todo el día como dictan las leyes del universo para un domingo cualquiera; y de paso, no regresar en un tiempo; pero no puedo salir y mucho menos disfrutar del dinero y ni hablar del fútbol. Por alguna estupida razón, la puerta no abre, parece que estuviera asegurada con un yunque desde el exterior, sin mostrar el más leve movimiento.

Decisto de huir, es imposible, estoy encerrado. Decido entrevistarme con esa mujer—con la que aparentemente vivo hace un tiempo— dueña de gestos imperativos carentes de sentido.

Ingreso a una de las habitaciones y ella dormida en su cama me parece algo familiar. Sigilosamente reviso alrededor y parece una farmacia, elementos de protección bucal, pastillas y jarabes por doquier, todo lo necesario para enfrentar y vivir en una guerra con sus enfermos.

Quizás el asesino del que todos hablan esté aquí, escondido entre la confusión, alimentado por el miedo —pero no el mío—, repetía con decisión.

—¡Ya puedes salir murcielago!  —gritaba yo desde la cocina, buscando un posible nido. ¡Ahí estás, te tengo!

Suena un golpe seco de mi cabeza contra el piso.

—Llevabas tres horas dormido despues de oir las ultimas noticias —me advierte mi esposa con mofa ayudándome a incorporar—, hasta que te has caido de la cama. Todos dicen que es lo peor desde la segunda guerra mundial o la gran depresión.

—Eres tu, que maravilla —le respondo con esperanza y emoción despues de despertar. Todo está perfecto aquí.

—¿Estás seguro? —me mira ella con sus pupilas dilatadas, con algo de angustia.

—No te preocupes —le digo con voz tranquila y sosegada— de donde yo vengo la situación es mucho más compleja, pero el bicho está herido, lo dejé afuera de nuestra casa y no podrá llevarse lo más hermoso que tenemos, al menos no permanentemente y el fútbol ya llegará por nosotros para nunca dejarnos y menos un domingo cualquiera, ya vas a ver.

Por: Carlos Andrés Jiménez - @CarlosAWay - cajimesil@gmail.com

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