Deportes

Fútbol

Conociendo la magia del Liverpool

Tercer Arquero: estamos pero no jugamos. Segunda entrada. Disfrutando de un partido del Liverpool en Anfield, cantando You’ll Never Walk Alone (Nunca caminarás solo).

25 Feb 2020 19:22Por: Deportes.canalrcn.com

Por: Carlos Andrés Jiménez 

Recuerdo cuándo en mi época universitaria la clase a la que nunca faltaba era Historia.

Este fenómeno poco común por aquellos años, obedecía a un interés académico orientado a conocer edificios lejanos, pero qué con el pasar de los años, conllevó, a que viajar se transformara en la única forma de complementar dichas clases de arquitectura; pero ahora sin tener espacios físicos como protagonistas sino otras variables quizás más mundanas, con un mayor interés general, como la música y el fútbol.

A partir de semejante premisa y corroborando de paso ese particular sentimiento que desde hacía tiempo tenía, pude llegar a la siguiente conclusión trascendental querido lector: el mejor escenario para el futbolero o músico apasionado es Inglaterra, sin el menor asomo de duda. Sin embargo, existe un lugar en particular que fue elegido por los dioses para ser nido de tal privilegio: Liverpool, mezcla perfecta, amalgama ideal, entre dos de los más poderosos pasatiempos en la historia de la humanidad.

Lea también: Tercer Arquero: estamos, pero no jugamos - Primera entrada

Esta ciudad marítima, enclavada al nororiente de Reino Unido, responde con fidelidad al imaginario frío y a veces lúgubre de sus habitantes. Sale poco el sol por sus calles misteriosamente solas, situación notoria aún más por su alta población estudiantil y joven turismo flotante, que concentrándose hacia su centro histórico, es poseedora de un título otorgado por el planeta: cuna y pionera del Rock and Roll.

Caminando por Mathew Street, una estrecha calle peatonal empotrada en la parte más clásica de su casco urbano, me señalaron la entrada de un legendario pub subterráneo (ingreso a nivel de la calle para luego descender la altura de tres pisos), el Cavern Club, donde en 1961 una tal banda llamada The Beatles se presentó en sociedad por primera vez y desde entonces, ha sido escenario para las más revolucionarias bandas.

Ya una vez dentro del bar pude confirmar mis sólidas sospechas.

La atmosfera generada por aquella mezcla de bites, detonados por un tipo de pelo largo que cantaba con la voz del mítico Robert Plant (voz líder del grupo inglés Led Zeppelin), que rodeado de fanáticos cantando en un espacio adornado con camisetas e imágenes emblemáticas del fútbol inglés, permitía que pudiera percibir la electricidad en el aire por semejante fusión de pasiones. Cada rincón del aquel lugar era consecuente con lo que buscaba cada visitante: revivía con crudeza el por qué todos somos adictos.

La euforia y el calor eran más densos en el recinto que el invierno exterior de aquel enero. El viento del mar de Irlanda golpea fuerte el puerto por esta época y la sensación térmica siempre es inferior a la temperatura registrada. Revisé el reloj y supe que había llegado el momento de salir. Según la aplicación de Google Maps del celular, el tiempo de trayecto al estadio era de 25 minutos en carro, lo cual era suficiente para llegar sin ninguna prisa. Llovía; y olvidaba que se debía contar con esta variable siempre; la protección y contingencia debía ser suficiente, de lo contrario la experiencia podría resultar insufrible.

Anfield está implantado en medio de un barrio residencial en la parte alta de la ciudad a muy pocas cuadras de Goodison Park, la casa de su rival eterno.

Las indicaciones que había recibido señalaban a la gradería The KOP— Kopite para el hincha nativo — como el lugar de mi puesto. Despues de pasar los respectivos controles de ingreso, se abrió ante mí, con un halo de mística e historia el hogar del Liverpool, en ese momento — y hasta ahora — el mejor equipo de fútbol del mundo. Casi nada.

La ubicación de The KOP, equivaldría a la tribuna Sur de El Campín; no sólo por su orientación hacia la cancha, sino porque alberga sus hinchas más profesos y ortodoxos. A diferencia de los estadios nacionales (colombianos), la cercanía con el arco en este caso es evidente, desafiante para cualquier arquero. Tomé mi ubicación en la parte alta de la tribuna, protegida por un techo y rodeado por fanáticos puros, de raza; padres e hijos bajo el mismo efecto enceguecedor transferido de una generación a otra.

Salieron los equipos a la cancha; esta vez era contra el Sheffield United, un club tradicional cuyos hinchas se alojan detrás del arco opuesto. Justo antes de iniciar el partido, surge un momento único, de absoluta comunión entre los feligreses presentes: miles de brazos con bufandas extendidas entonando el You’ll Never Walk Alone (Nunca caminarás solo), que, como su letra, simboliza la unión entre el fútbol, la vida, la familia y los amigos. Dos minutos donde el bullicio es ensordecedor, pero completamente armonizado. Hermoso.

Era 2 de enero y hacía frío. En cualquier otro lugar del mundo, el seguidor profeso de este deporte — o de cualquier otro — estaría en casa recuperándose de alguna probable resaca de noche vieja o comiendo mientras ve la película del momento; en Reino Unido no, es un domingo más dentro de la religión que es el fútbol para la mayoría de ingleses.

El juego transcurre y nuevamente los Reds de las manos de Salah y Mané hacen su diligencia y aumentan un invicto histórico en la Premier League, confirmando la condición maravillosa que es la jerarquía, que juega con la suficiencia del que sabe que casi siempre va a ganar.

A la salida, con el corazón henchido de tanta emoción y como ocurre en todos los estadios de occidente, el regreso a casa no es tan rápido y mucho menos para el turista que con cara pálida y piernas entumecidas por el frio que busca ubicarse y salir del mar de seguidores.

— ¿De verdad vamos a caminar? —me preguntó mi esposa con algún desasosiego mientras seguíamos la corriente de personas.

— Creo que sí — le respondí con ternura — pero no te preocupes, por ahora hasta el hotel, You´ll never walk alone my dear.

Todo generaba risa, era una noche de felicidad por confirmar lo que pensaba desde hacía tiempo.